A pesar de que el Gobierno habla de la palma como si fuera una panacea,
es posible que los problemas que su cultivo pueda ocasionar sobrepasen
los beneficios. En primer lugar, podría desviar el uso de tierras
fértiles para destinarlas a la exportación, desplazando
a los pequeños agricultores y eliminando la biodiversidad. La
roturación incontrolada de tierras para la plantación
de palma amenaza igualmente el bosque tropical y la fertilidad del suelo.
El uso de pesticidas podría tener graves consecuencia sobre la
disponibilidad y calidad del agua. Diversos grupos campesinos han sido
ya desalojados de sus tierras de manera violenta. Son estas comunidades,
como las del valle de Sico y Paulaya, las que han comenzado a sentir,
de manera directa, los efectos negativos de la plantación de
palma.
En mayo de 2006 la Policía llegó a la comunidad campesina
de Jardines de la Sierra, donde detuvo a quince personas, trece de las
cuales continúan en prisión seis meses después
de su detención, sin haber tenido juicio. Durante la detención
la Policía cometió diversas irregularidades y sometió
a los campesinos a tratos inhumanos y degradantes. Allanó la
casa de los campesinos a una hora prohibida por la legislación
hondureña. Golpeó a los campesinos durante la detención,
incluso cuando éstos estaban esposados en el suelo. Una mujer
embarazada de la comunidad recibió un culatazo en la barriga.
Su hijo nació muerto con un golpe en la cabeza. Por su parte,
los campesinos han sido acusados de asociación ilícita,
tenencia ilegal de armas y perjuicio al Estado. Lo ocurrido no es casualidad,
ya que Jardines de la Sierra se encuentra emplazada en el valle de Sico
y Paulaya, uno de los lugares donde se proyecta realizar una mayor siembra
de palma. En la región de Colón, hay más de 160
campesinos procesados, a los que se trata de desposeer de sus tierras.
Las detenciones y desalojos forman parte de una campaña orquestada
por los terratenientes de la zona para hacerse con nuevas tierras en
las que ampliar sus ya extensas plantaciones de palma y, en algún
caso, blanquear dinero procedente de la droga.
En una visita a la prisión de la ciudad de Trujillo, el campesino
Anael Martínez de la comunidad de Jardines de la Sierra relataba
cómo varias personas les habían visitado para convencerles
de que vendieran sus tierras, ofreciendo suculentas cantidades. No obstante,
Anael afirmó que tanto él como el resto de campesinos
detenidos se habían negado. La intimidación no afecta
únicamente a los campesinos. Los abogados y miembros de organizaciones
que les apoyan han recibido intentos de soborno y, en caso de rechazarlos,
amenazas de muerte.
A mediados del siglo pasado Ramón Amaya Amador publicó
una de las obras más importantes de la literatura hondureña:
«Prisión verde». En dicha novela se recoge la experiencia
del propio autor como trabajador bananero y su denuncia del legado negativo
que las compañías bananeras dejaron en Honduras. Las bananeras
fueron también presentadas en su día como una posibilidad
de progreso para el país. Si la idea de impulsar el uso de biocarburantes
en Europa continúa, la propia Unión Europea, cada uno
de los 25 países miembros y la ciudadanía en general,
deberemos asegurarnos de que el aceite de palma que se compre no provenga
de empresas que violen los derechos políticos y sociales de los
campesinos. Si no lo hacemos, seremos también responsables de
la creación de una nueva prisión verde en Honduras.